Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 14/04/2012

VIVA LA PEPA (I)

Lecciones de Historia no aprendidas

Por Ángel Gabriel Tuñón Gallego

Este es el primero de dos artículos que me propongo escribir acerca de la Constitución de 1812. En él, antes de tratar sobre el articulado propiamente dicho, trataré de cómo la Comisión constituyente presentó su proyecto a las Cortes y al Rey. En el segundo de los artículos ya me adentraré en el texto constitucional propiamente dicho.

Pasados los (escasos) fastos organizados con motivo del segundo centenario de la promulgación de la Constitución de Cádiz, dada en 1812, es hora de escribir sobre ella, previa lectura de su texto, y huyendo expresamente de la contaminación propia de los días que rodearon a dicha efemérides.

Así, no fue difícil adquirir un ejemplar de la misma, eligiendo el acompañado por uno de los Episodios Galdosianos, el titulado “CÁDIZ”. Pero, para no distraer mi atención, y, sinceramente, por falta de tiempo, he obviado la lectura y comentario del episodio, y me he centrado en la Constitución y los edificios que, en forma de Órdenes y Decretos, la rodean.

Comenzando por éstos, se promulgó el de 2 de mayo de 1812, que prescribía las solemnidades con que debía promulgarse y jurarse la constitución política. Claro, en 1812 España era mucho más (geográficamente hablando) que ahora, y además no había los adelantos tecnológicos que hoy disfrutamos. Luego, ¿Cómo se daba noticia al pueblo de la existencia de su nueva Constitución? Pues como toda la vida: “El juez de cada Ayuntamiento señalará un día para hacer la publicación solemne de la Constitución en el paraje o parajes más públicos y convenientes…leyéndose en voz alta toda la Constitución….En ese día habrá repique de campanas, iluminación y salvas de artillería, donde se pudiere…En el primer día festivo inmediato, se reunirán los vecinos en su respectiva parroquia…se celebrará una misa solemne en acción de gracias, se leerá la constitución antes del ofertorio…después de concluida la misa, se prestará juramento por todos los vecinos y el clero de guardar la Constitución…”

De igual manera ”después de recibida la constitución” (se entiende físicamente, allí donde estuvieren), los ejércitos también la escucharon y juraron; se hizo una visita general a las cárceles habiendo una amnistía de presos “que lo estén por delitos que no merezcan pena corporal”. Por último, el pueblo y el clero habrían de prestar juramento a una voz, sin preferencia alguna, de guardar la constitución. No en vano su afán liberal e igualitario merecía respetarse desde el momento mismo de su conocimiento por el pueblo español.

Lógicamente, la Constitución fue elaborada por una Comisión que recibió el encargo de las Cortes de Cádiz. Y la Comisión presentó en un discurso su proyecto al Rey y a las Cortes. El discurso en el que se presentó el proyecto constituye una pieza literaria de valor histórico, jurídico y político que, quien esto escribe, hacía tiempo que no se llevaba a los ojos.

La propia Comisión reconoce, en repetidas ocasiones, que la Constitución que ofrece no es novedosa ni revolucionaria como cabría pensar desde el S. XXI. Dicen: “nada ofrece la Comisión en su proyecto que no se halle consignado del modo más auténtico y solemne en los diferentes cuerpos de la legislación española”. Lo que dice haber hecho la Comisión es ordenar y clasificar lo que ya tenían dispuesto las Leyes Fundamentales de Aragón, Navarra y Castilla, en todo lo que se refiere a la independencia de la Nación, los fueros y obligaciones de los ciudadanos, la dignidad y autoridad del Rey y de los tribunales, al establecimiento y uso de la fuerza armada, y al método económico y administrativo de las provincias.

La lectura de esta presentación ha restado algo del carácter novedoso que, históricamente, se atribuye a la Constitución gaditana como primer texto constitucional de España. Tal vez su novedad no radique en su contenido sino, propiamente, en el hecho de reunir en un solo texto lo que se hallaba disperso en las Constituciones de Aragón, Castilla y Navarra, principalmente. Y así, la Comisión constituyente da cuenta de la existencia de unas Cortes, sobre todo en Aragón y Navarra, que ya actuaban como contrapeso frente al poder del Rey. Se nota que estaban dotados, dichos reinos, de instituciones muy avanzadas para la época. Por ejemplo, “la autoridad judicial en Navarra es también muy independiente del poder del Gobierno”.

Por ello, “cuando la Comisión dice que en su trabajo no hay nada nuevo, dice la verdad…”, y lo que hizo la Comisión constituyente fue refundir lo que ya existía en todos los reinos que componían el mosaico español.

Divide la Comisión su obra en cuatro partes:

1.- La que trata de la Nación independiente.
2.- La que trata del Rey.
3.- La que trata de la Autoridad Judicial delegada a los Jueces y Tribunales.
4.- La que trata de la Fuerza Armada, y el orden económico y administrativo de las rentas y de las provincias.

Llama la atención la importancia que los constituyentes de Cádiz dieron a la Administración de la Justicia, dedicándola entera una de las cuatro partes del texto.

El principio de Separación de Poderes queda fijado como fachada del texto: “no puede haber libertad ni seguridad, y por lo mismo justicia ni prosperidad en un Estado en donde el ejercicio de toda autoridad esté reunido en una sola mano”. Se presenta también la Constitución como una suerte de contrato entre el Estado y los ciudadanos: “no es menos importante expresar las obligaciones de los españoles para con la Nación”, y se queja la Comisión de no haber disfrutado de el “cúmulo prodigioso de conocimientos científicos, datos, noticias y documentos” para poder acometer la ingente tarea de hacer más cómodo y proporcionado “el repartimiento de todo el territorio español en ambos mundos”.

Leyendo este texto de la Comisión, he descubierto que, ya en el 1812, España tenía asuntos que acometer que, aún hoy, nos siguen preocupando. Por ejemplo, “La naturalización de los extranjeros en el Reino ha ocupado igualmente la atención de la Comisión…el aumento de la población, el fomento de la agricultura…la facilidad con que las leyes del Reino han favorecido en todos tiempos su admisión, la autorizaba a abrir la puerta a su venida y establecimiento”.

Sentada la división de poderes, el otro gran principio que se presenta es el de igualdad de todos los españoles, “sin distinción de clases ni estados”, dando portazo a los estamentos feudales que, por asombroso que parezca, permanecían vigentes en 1812.

Dedica varias páginas de su discurso la Comisión a tratar de la Administración de Justicia, y comienza hablando de la necesaria reforma de las leyes criminales, que se consideraba “muy urgente…siendo necesario que lo que disponen sea, según se ha dicho, ejecutado irremisiblemente con prontitud e imparcialidad”. Sin comentarios.

Resulta hermoso el pasaje del texto que trata de los Jueces, “la meditación más profunda apenas es bastante a explicar el origen de la sublime institución de los jueces…esta reflexión hace ver cuánto importa que los jueces no puedan ser distraídos en ningún caso de las augustas funciones de su ministerio”. No puedo resistirme tampoco a transcribir el siguiente párrafo, que demuestra que, al menos desde 1812, tenemos una tarea pendiente: “como la libertad desaparece en el momento en que nace la desconfianza, es preciso apartar del ánimo de los súbditos de un Estado la idea de que el Gobierno puede convertir la Justicia en instrumento de venganza o de persecución”.

En la cúspide de la organización judicial se situó al Supremo Tribunal de Justicia que, por lo visto, funcionaba más a modo del actual Tribunal Constitucional y Consejo General del Poder Judicial que del actual Tribunal Supremo propiamente dicho. Dicho Supremo Tribunal de Justicia constituía “ese centro común” que la Comisión quiso darnos, cuya atribución principal era la inspección suprema sobre todos los jueces y tribunales, limitando su conocimiento a si se habían “observado o no las leyes que arreglan el proceso, debiendo abstenerse de intervenir en lo sustancial de la causa…”. Precisamente, en las fechas en que se escribe este artículo, el Tribunal Supremo cumple 200 años de antigüedad, semanas después de hacerlo su creadora, la Constitución gaditana.

Se estableció que todas las causas terminaran dentro del territorio de cada Audiencia. En este sentido, y en la España de 1812, había un problema añadido: las provincias de ultramar. Se dispuso que las Audiencias de Ultramar acudiesen ante el Supremo Tribunal, le informasen sobre sus estadísticas estableciendo una inspección y vigilancia sobre el desempeño de las funciones atribuidas a las Audiencias ultramarinas. Se generalizó la figura del Juez letrado, eliminando la de los jueces de realengo y señorío.

Otra cuestión que, aún hoy, nos ocupa y preocupa, es lo que la Comisión llamó “la necesidad de prevenir las prisiones obligatorias, de contener el escandaloso abuso de los arrestos injustos, de las dilaciones y largas en la terminación de juicios criminales…”. Me da que hemos fracasado, también, en este punto.

Volviendo a extraer de cada reino las instituciones que mejor servían a los intereses e intenciones constituyentes, y metiéndolas en la coctelera gaditana, la Comisión incorpora, por ejemplo, la no exigencia que en Cataluña se daba del “juramento para arrancar de la boca del reo la confesión de su delito”: había nacido el Derecho a no declararse culpable.

Otro ejemplo de lo anterior es la institución del Jurado que, si bien no se incorpora directamente al texto, constituía para la Comisión una esperanza de futuro: “este admirable sistema que tantos bienes produce en Inglaterra, es poco conocido en España…su modo de enjuiciar es del todo diferente del que se usa entre nosotros”. Sin embargo, sí que existían entre nosotros instituciones parecidas al Jurado en sitios tan sorprendentes como Ibiza y Formentera, e incluso en Toledo. Por ello, la Comisión recomendaba al Congreso que no desconociera “un método que tal vez convendrá algún día generalizarlo…”. Pobrecillos, no sabían que iban a pasar casi 200 años para ver cumplido su deseo…

Pasando a la organización territorial, se dejaba sentado que los Ayuntamientos deberían estar ocupados por personas que gozasen de la confianza de los ciudadanos. Se generalizó la libre elección de los miembros de los Ayuntamientos, que constituían la base de la organización territorial. El Gobierno no debía estorbar, y los ingredientes eran: “la probidad, el interés y las luces”. Ahí va otra dosis de rabiosa actualidad decimonónica: “la renovación periódica…proporcionará que se aprovechen con más facilidad las luces, la probidad y demás calidades de los vecinos de los pueblos, al paso que evitará la preponderancia perpetua que ejercen en ellos los más ricos y ambiciosos…”. No hemos cambiado, ni hemos aprendido lección alguna….

Más liberalismo: “el Gobierno ha de vigilar escrupulosamente la observancia de las leyes…el funesto empeño de sujetar todas las operaciones de la vida civil a reglamentos y mandatos de autoridades ha acarreado los mismos y aún mayores males que los que se intentaban evitar”. Los dos principios básicos eran: la acción de Gobierno y la libertad de los individuos, para que éstos, movidos por su interés personal, hagan avanzar a la Nación entera. Para ello, se propuso que, en las Provincias, el gobierno económico corriese a cargo de las Diputaciones, compuestas de “personas libremente elegidas por los pueblos de su distrito”. Se les atribuyeron, sobre todo, facultades económicas y hacendísticas. Al hilo de hacienda: se constitucionalizan los impuestos: “el esplendor y dignidad del trono y el servicio público en todas sus partes exigen dispendios considerables, que la Nación está obligada a pagar…se dispone que las Cortes establecerán o confirmarán anualmente todo género de impuestos y contribuciones”.

Los impuestos se recaudaban bajo el principio de una única Tesorería: “este sistema evita el desorden, facilita las operaciones, y asegura la cuenta y razón, sin cuyos requisitos no puede haber confianza”. (Dos siglos más tarde, tenemos 17 Comunidades Autónomas. ¿Estamos ordenados?, ¿Se facilitan las operaciones?, ¿La cuenta y razón, están aseguradas?, ¿Hay más confianza?…).

Sigo sin poder resistirme a establecer paralelismos entre aquella y esta España(s). Así, y hablando de cómo se gastaba el dinero público: “el menor abuso en esta parte acarrearía el desorden y confusión en que se ha visto sumergido el Reino por espacio de tantos años”….otra vez, pobrecitos nuestros comisionados, ¡el Reino se volvería a ver, 200 años después, sumergido en dichos desorden y confusión!

¡Y en estas, aparece la Deuda Pública!, ¡Sí, Señoras y Señores, la misma que nos trae de cabeza en el Siglo XXI!: “Otra obligación no menos sagrada para la Nación que las que quedan indicadas es el pago de la deuda pública reconocida”. (Sinceramente, me dan ganas hasta de insertar aquí un “smile”). “Las Cortes…deberán dar el ejemplo de respetar sus tratos y convenios, procurando por todos los medios que sean compatibles con la situación del Reino la progresiva extinción de la deuda pública…”.

El Ejército. Se limitaba en el tiempo el servicio militar, al que estaba obligado todo español. El Rey, jefe del ejército, estaba sujeto sin embargo al mandato de las Cortes, sin el cual no podía reunir a los ejércitos.

…Y las Letras (dicotomía quijotescocervantina, que, en Alcalá, no podemos obviar…): “uno de los primeros cuidados que deben ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública. Esta debe ser general y uniforme…es preciso que no quede confiada la dirección de la enseñanza pública a manos mercenarias, a genios limitados imbuidos de ideas falsas o principios equivocados…”¿En quién pensaban?

Nació la Dirección General de Estudios, a modo de Inspección de Educación, que velara porque: las materias morales, se diesen bajo el prisma de la religión de España; las políticas, según las leyes fundamentales de la Monarquía; y las exactas y naturales, según el progreso de los conocimientos humanos. Se establecía por último la libertad de imprenta.

Termina la presentación de la Comisión diciendo que “la ignorancia, el error y la malicia alzarán el grito contra este proyecto. Le calificarán de novador, de peligroso…Mas sus esfuerzos serán inútiles, y sus impostores argumentos se desvanecerán como el humo al ver demostrado hasta la evidencia que las bases de este proyecto han sido para nuestros mayores verdades prácticas, axiomas reconocidos y santificados por la costumbre de muchos siglos….pues éstos y no otros son los principios constitutivos del sistema que presenta la Comisión en su proyecto”.

En fin, resulta ser esta presentación de la Comisión un texto histórico de indudable belleza literaria, de inmenso valor histórico…y de rabiosa actualidad. Como anécdotas, dos: la primera, que en el discurso se mencionan dos nombres propios: Napoleón y Fernando; y dos, que el discurso de la Comisión constituyente se imprimió en la Imprenta “Tormentaria”, de Cádiz. Y tormentoso fue lo que vino después de promulgada la Constitución…y no me refiero sólo a inmediatamente después.

Finalizo con la sensación de que, en 1812, ya se barruntaban muchos de los males que nos afligen, y con otra sensación inquietante: la de no haber avanzado, incluso de haber retrocedido, en algunas materias capitales. Emplazo al lector al siguiente artículo sobre la Constitución de 1812 que, a publicarse en el siguiente número de la Revista Foro Complutense, se adentrará en el articulado de La Pepa.

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 14/04/2012

ANNUS HORRIBILIS DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

LAS ARMAS LAS CARGA EL DIABLO Y, POR LO QUE SE VE, ESTE ES REPUBLICANO

No me puedo resistir a escribir, precisamente en 14 de abril, acerca del accidente de caza que ha tenido Nuestra Majestad, nada menos que en Botswana (o cómo se escriba). Vaya por delante que soy Monárquico, …pero me estoy desenganchando. Entre los tejemanejes urdangarinos, los tiros en la pierna de los Infantes, el accidente del Rey llevando a cabo una práctica en África, cuando lo que hay que cazar, la crisis, está aquí, y el silencio administrativo Real ante afrentas, quemas de banderas, insultos, chanzas,..etc. lo dicho, me estoy quitando.

Y es que, habiendo prescrito ya los beneficios que la gestión del 23-F tuvo para la Corona, y con el titular del Trono desaparecido en combate (pues está de caza), la figura emergente del Príncipe de Asturias no logra entusiasmar a un país declaradamente juancarlista. Encima, la Reina también va perdiendo brillo y dice cosas incomprensibles, como que el hecho de que un niño de 14 años se pegue un tiro en el pie es normal porque “les pasa a todos los niños”. Pues a mis sobrinos no.

Todo lo anterior, aderezado por una nefasta política de selección de personal en cuanto a yernos se refiere, y acompañado por un contexto social y económico que, en esta España de 2012, no está para gaitas. Hubiera sido hora de la mesura, del ánimo sereno de los Reyes hacia la gente, de los discursos esperanzadores, de la no exhibición de aficiones que no todos podemos compartir.

¿El futuro? Pues no lo sé. El Príncipe de Asturias, insisto, no tiene el aire campechano con que D. Juan Carlos ha adornado su Corona, y Dª Leticia, si bien no proporciona directamente escándalos (sí lo hace su entorno familiar), no traspasa la barrera de la faena aseada, profesional, correcta…pero sin llegar al corazón del pueblo, y no olvidemos que, de siempre, a los Reyes, lo primero que se les ha hecho de form generalizada ha sido quererlos y una vez queridos, le les respetaba, y me da que los del futuro no se hacen querer tanto como sus predecesores.

Así que, en el día en que se conmemora la República, este es el panorama de la Monarquía constitucional que nos dimos. Este no es un tema baladí, pues de su futuro depende la forma de Estado que esta España tenga de aquí a diez años. No les doy más. Y me pesa.

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 03/04/2012

MINGOTE

Llevo tantos años comprando y leyendo ABC, y viendo los chistes de Mingote que la cabecera centenaria y las viñetas del genial académico se funden en un todo, de suerte tal que no concibo la una sin la otra. Pues, a partir de ahora, lo voy a tener que concebir. Voy a tener que acostumbrarme a que en ABC no haya chiste de Mingote (que yo recuerde, no he visto un solo día en que faltara), y voy a tener que acostumbrarme a la ausencia de las gordas, los mendigos, los abueletes paseando, los mayordomos, las sirenas…

Cada vez que fallecía alguien que mereciese tal honor, Mingote dibujaba, al día siguiente, a San Pedro en el Cielo, dando la bienvenida al difunto. ¿Quién lo hará mañana por él?

Se nos ha muerto Mingote, y con él un trozo del ABC, y una forma desenfadada y natural de ver la actualidad, y una genialidad sin límites, y qué se yo…

¡Adiós Maestro!

Hay sitio suficiente en el parking porque no hay coches de clientes que lo ocupen. Entras en el Hotel, y la luz que entra por la puerta que da a una de las piscinas te ciega los ojos. Esa misma luz se proyecta sobre el impoluto suelo de la recepción, y juega con los espejos y las lámparas de la planta baja. Saludas a los compañeros de la recepción que, sentados, ojean un periódico. Buscan en las páginas de economía la noticia que no les cambie la vida: que algún inversor se haga cargo del Hotel, lo sanee económicamente, y éste siga funcionando. Pero no hay nada. Sólo queda esperar.

    Atraviesas la puerta que da al jardín “de las mil y una noches”, y bajas la suave rampa que desemboca en la piscina que, cristalina, te devuelve el sol marbellí a tus ojos. Las tumbonas, apiladas y desnudas, no deberán ser colocadas. Nadie las ocupará hoy. Te diriges hacia el comedor, y a tu paso un gato se cruza veloz hacia los setos que rodean la finca. Ha ido hacia el comedor exterior y, como no había nadie desayunando, ha decidido buscar su comida en otro sitio. Otro compañero está sentado en una silla y, sobre la mesa, da vueltas con la cucharilla a una taza de café. Te ofrece uno. Lo aceptas.

    Mientras lo tomas, recordáis anécdotas de clientes, propinas cuantiosas otrora recaudadas que, últimamente, habían menguado y, cómo no, famosos que han pasado por el Hotel buscando un tratamiento adelgazador o una solución a su estrés. Algunos lo consiguieron, se les notaba luego en el “Hola”, otros no. Pero daba igual, volvían buscando tu amabilidad y la de tus compañeros, pues sabían que no había remedio para “lo suyo”. No les importaba, porque el entorno, Marbella, el Incosol, de por sí, eran reclamo suficiente.

    Echáis cuentas sobre las deudas del Hotel, y afirmáis que, si pudierais, si algún magnate confiara en vosotros, seríais capaces de reflotarlo. Tal vez cambiando algo aquí y allá, ofreciendo nuevos servicios…Llega la hora de comer, y todos os reunís en el comedor principal. Habláis de lo mismo, y no perdéis la esperanza. En realidad, afirmáis, el Hotel ya existe, no hay nada que construir ni que reformar, si acaso un “lavado de cara” pero nada irreparable. Con esa última dosis de ilusión, te dispones a volver a casa cuando llega el relevo de la tarde, esos centinelas que, como tú, procurarán que, mientras llega el milagro,  el paraíso siga dormido, pero que no muera…

    Dedico estas líneas a todos los trabajadores del HOTEL INCOSOL de Marbella que, hoy, cesa en su actividad. Allí he pasado, junto con mi esposa, grandes momentos. Su trato ha sido inmejorable. Seguro que los volveré a pasar. Carezco de datos contables, de cuál va a ser el futuro. He leído en la prensa que esperan que  un inversor  adquiera el Hotel. Me gustaría que no perdiesen la esperanza, y quisiera decir, a quien esto pueda interesar, que Hotel estaría en buenas manos en lo que al trato al cliente se refiere.  

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 06/01/2012

“LOS REYES MAGOS VIENEN DE ORIENTE”

La escena se produce en el día de Reyes, y hacia las cuatro y media de la tarde de cualquier ciudad española. Mi mujer y yo paseábamos tras la comida de Reyes cuando, extrañados (aunque no deberíamos estarlo), vimos una tienda de ropa abierta y con público en su interior. Curiosos, entramos a echar un vistazo. Inmediatamente nos recibió con una sonrisa el encargado de la tienda, un chino cuya edad no puedo descifrar (es imposible calcular la edad de un chino) que, a la vez que nos daba las buenas tardes, atendía solícito a una cliente que le preguntó por una talla. Inevitablemente surgió entre mi mujer y yo el típico comentario: “estos nos van a comer”, “al final son los únicos que trabajan de verdad”, y cosas por el estilo.

Entonces entró en la tienda un varón españolito de a pie, acompañado de su hija, de unos siete años de edad (esta sí es fácil de calcular), quien portaba una enorme caja de algo de la Barbie. No en vano, es el día de Reyes, en el que celebramos la Epifanía del Señor…¿O eso debería ser, y lo que se celebra es el “empachodejugetesalosniños”?
El caso es que el españolito, al ver que el encargado de la tienda era un chino, hizo la gracieta: dirigiéndose a él, y juntando sus manos, dijo algo así como: “conichiguá”.

Mis sospechas se confirmaron: es tonto. Pero, además, pensé: joder con la gracia española, que, con la que está cayendo, en vez de sentir envidia sana y, por lo tanto, imitar a un comerciante con un ojo empresarial y un tesón que jamás tendremos, aquí nos dedicamos a hacer la bromita, burlarnos, atiborrar a nuestros menores de cajas de cartón a las que, mañana, ya no harán caso, y poner el grito en el cielo ante la liberalización de horarios en el comercio. Eso sí, somos de un simpático…

El comentario que me dispongo a realizar acerca del libro del Catedrático D. Santiago Muñoz Machado continúa con la serie que podríamos haber titulado sin exagerar “Terror Jurídico”, porque cuenta hechos acaecidos en nuestra Justicia que dan verdadero miedo.

El nombre de Santiago Muñoz Machado, al menos para quien esto escribe, ha estado siempre ligado al Derecho Administrativo, del que ocupa la Cátedra en la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, el libro que ha escrito, “Riofrío. La Justicia del señor Juez”, narra el proceso kafkiano al que se vieron sometidos algunos probos ciudadanos (entre los que se encontraba Miguel Durán, antiguo presidente de la ONCE y de TELECINCO), aunque el tiro iba dirigido nada más y nada menos que hacia una pieza de caza mayor: Silvio Belusconi.

¿Qué quién era el cazador? En el libro se le (no) identifica como “el juez innombrable” y yo me pregunto ¿A qué Juez Instructor de la Audiencia Nacional puede referirse? ¿Acaso a alguno que caza?

El título de “Riofrío” rinde homenaje al lugar donde se gestó el libro, siendo la cafetería del mismo nombre uno de los vértices del triángulo de oro de la Justicia: allí toman café Magistrados, Abogados y clientes, y allí, Moleskine y pluma en mano, nuestro Catedrático-Letrado escribió la historia de una instrucción penal que, con que sólo sea cierto el treinta por ciento de lo que se cuenta, ya produce escalofrío. Buscando documentación se produjeron registros en despachos de Abogados, Notarías y sedes de empresas, sin discriminar qué documentación precisaban los Agentes actuantes, con lo que, en algunos casos, se llevaron todo lo que encontraron (esperpéntico resulta el hecho de que, uno de los Abogados cuyo despacho registraron, realizó un nudo marinero a las cajas donde se guardó la documentación que la Policía Judicial se llevó y, siete años después del indiscriminado registro, descubrió en la Audiencia Nacional que sus nudos marineros no habían sido violentados: sencillamente, sus cajas nunca se abrieron).

La instrucción comenzó allá por el año 1997, y no se celebró el juicio, ¡hasta el año 2006!, y durante la misma, ocurrieron todo tipo de escenas de terror jurídico: desde peritos judiciales que hacen informes periciales sin ni tan siquiera haber sido nombrados aún peritos judiciales; hasta la intervención de personajes de la picaresca sevillana del siglo XXI, conseguidores de corridas de toros para el diestro protegido por el juez innombrable, con la intención de conciliar alrededor de la plaza de toros a dicho juez instructor y a Santiago Muñoz Machado con el objeto de suavizar el horizonte penal de sus clientes…(lo anterior va en serio: desesperado por cómo se desarrollaba la instrucción, presidida por la arbitrariedad, y buscando desesperadamente soluciones extraprocesales al autor, entre otras cosas, se le recomendó utilizar los servicios de un personaje sevillano arquetípico de la picaresca, con chofer y todo, que podría usar de sus buenos oficios para unir al Letrado y al Magistrado, con la excusa de una corrida de toros organizada ad hoc para el torero que apadrina este último. Se llegó hasta el penúltimo de los peldaños de tan sinuosa escalera, y Santiago Muñoz Machado se negó a llegar hasta el final e indultó al toro…triunfó el Derecho sobre la Tauromaquia).

Terminaré el comentario del libro con la transcripción de un párrafo que resulta demoledora por su crudeza: “No existe ninguna garantía de los derechos durante la instrucción penal en España. No hay, en este período del procedimiento penal, una observancia rigurosa de los principios del Estado de Derecho. Rige, por el contrario, una inasible ley de la selva, sin reglas prefijadas, en la que actúa como inapelable dios creador el instructor, que establece las normas y resuelve a sus anchas, sin ninguna cortapisa que pueda ponérsele delante con éxito.”

 

¿A que da miedo?

P.S.: Todos los imputados fueron absueltos por la Audiencia Nacional y por el Tribunal Supremo. Santiago Muñoz Machado, a instancias de uno de sus clientes, interpuso una querella contra el juez innombrable como consecuencia de la instrucción llevada a cabo por éste.

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 18/06/2011

DOS PELLIZCOS EN EL ALMA

Ayer tuve el día tonto. Pensaba dedicar mi columna a un hecho curioso como es que, a uno de los indignados le han tocado un millón y medio de euros en la lotería, y con tal noticia iba a recrear el ambiente entre los indignados de su alrededor, y cómo el indignado afortunado mutó de indignado en afortunado/capitalista…pero ayer tuve un día tonto. Y ese día tonto consistió en que hubo dos momentos, dos instantes, como dos buenos pases al natural en una faena imaginaria que hicieron que, para mi, se detuviese el mundo. Y los dos ocurrieron en los lugares más insospechados.

Me entrevistaba yo con un cliente preparando el juicio que la semana que viene decidirá si, como hasta ahora, nuestros saludos consistirán en unir las palmas de nuestras manos con un cristal de por medio (el del locutorio habilitado para que abogados nos entrevistemos con nuestros clientes internos en la cárcel) cuando, al otro lado del cristal, mi cliente vio a un, supongo, amigo del talego al que hacía tiempo que no veía (mi cliente está en un módulo de aislamiento), y ambos, jóvenes, se fundieron en un abrazo intenso, sincero, emocionante. Al menos a mi cliente se le iluminaron los ojos, y yo tardé unos segundos en volver a centrarme en las diligencias, las declaraciones y los informes periciales que tenía delante de mí y sobre los que versaba nuestra “videoconferencia” (pues la vista era el único sentido que no veía cortadas sus alas entre ambos). Ese abrazo me sirvió de espoleta para apretar los dientes y poner si cabe más empeño en mi tarea profesional pues mi cliente, hasta entonces duro y valiente, se transformó para mi en una persona que reclama a gritos su libertad para poder dar más abrazos como el que presencié (soy su abogado defensor, y mi prisma es el del pájaro que quiere salir de la jaula; seguramente el prisma de la acusación particular sea el de la rata que debe continuar en la ratonera, pero esto es lo que hay).

Por la tarde, en otro ámbito, esta vez policial (comisaría), asistí a un joven senegalés cuya expulsión se pretende como sustitución de una pena impuesta ¡Por haber vendido en el top manta!. Sus ojos eran grandes y brillantes, y su cara, limpia, albergaba en algún rincón el mar de su tierra. Luego me enteré que está a punto de casarse y que, además, espera un hijo. Me fui a casa pensando qué sistema es este, qué profesión es esta que hace que, episodios como los descritos sean la excepción y, por el contrario, la regla sea que estemos sumergidos en diligencias, atestados, papeles, y no en abrazos ni caras.

Lo dicho, tenía el día tonto.

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 12/06/2011

“LA ESPAÑA QUE QUISIÉRAMOS SER. PETRARCA Y EL YONDELIS”

(¡Yo soy español, español, español!)

                Confieso que desconocía la trayectoria y obra, incluso la propia existencia de JOSÉ FÉLIX PÉREZ-ORIVE, hombre de vastísima y variada formación (desde la Abogacía hasta la Farmacopea), así como de una amplia trayectoria profesional. Vamos, con el que compartiría a gusto mesa y mantel durante horas.

El libro que meto en mi equipaje de mano es su más reciente publicación (apenas una semana), y lleva por título “LA ESPAÑA QUE QUISIÉRAMOS SER.  PETRARCA Y EL YONDELIS” (Ed. Oberon). En él, Pérez-Orive traza unas líneas por algunos episodios de nuestra Historia que le sirven para enfocar su objetivo, que no es otro que hacernos ver que, pese a la que está cayendo, cuando nos ponemos, somos un país perfectamente útil, viable y eficaz, pues contamos con las herramientas innatas que, lejos de ser peyorativas, el autor las transforma de necesidad en virtud y nos las presenta como un importante activo.

En este libro de autoayuda colectiva aparecen ejemplos de éxitos deportivos, políticos, científicos, culturales y artísticos que evidencian que la crisis actual tal vez lo sea de líderes (y liderazgo), de errores en el enfoque de los problemas, incluso de la creación de problemas artificiales. ¡Qué buenos vasallos si tuviésemos buen señor!

Nos viene a decir que estemos a setas y no a rolex, y que nos centremos individual y colectivamente, corrigiendo algunas disfunciones endémicas pese a las cuales, tenemos motivos para estar orgullosos de ser españoles. Contrapone los conceptos intransigencia religiosa frente a humanismo; envidia frente a ambición; orden y organización; método más pasión, y me quedo con dos frases elocuentes: “España es humanidad” y “Nada vertebra tanto como el éxito” (mensaje este último dirigido a quienes piensan que el país se nos ha roto y se va por el desagüe).

Vislumbro cierta preferencia del autor por el mundo anglosajón en lo que se refiere a la empresa, la organización y vertebración de la sociedad civil y el mundo profesional; que compensa con la querencia, como español, hacia nuestro país en lo que a forma de vida se refiere.

El éxito del libro radicará en que sea leído por un gran número de personas (no es una obviedad, seguid leyendo por favor) en cantidad y de calidad suficientes para elevar las miras, remangarse y salir del fango en el que ya no sentimos las piernas.

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 12/06/2011

MAÑANA SERÁ LUNES

…Y al entrar en tu tienda de zapatos no tendrás que despertar a nadie para que se aparte de la puerta y puedas abrir tu comercio y entrar. Pues ya nadie dormirá allí en señal de protesta. No tendrás que haber rodeado toda la plaza desde la salida del metro hasta tu tienda, pues la plaza estará libre de acampados, o éstos habrán visto notablemente reducido su número. Respirarás aliviado.

Los del reparto podrán entregarte la mercancía que llevabas días esperando aunque, bien mirado, daba igual tenerla o no, pues hace semanas que no ves a la señora que te encargó unas sandalias del 36 de las de color azul. No tendrás que cerrar tu tienda a eso de las seis de la tarde, pues no habrá asambleas que, aún más si cabía, colmen la plaza hasta el mismo quicio de tu puerta.

Cuando compres el periódico en el quiosco del centro de la plaza, al que por fin alcanzas a llegar (¡cuán lejos pueden parecer dieciocho metros!), comentarás con el quiosquero que qué bien que se hayan ido, que ya no podíais más y, ya de paso y cambiando de tema, que qué sinvergüenzas son los políticos y a ver qué nos cuenta hoy el periódico, si sube el euribor o qué, aunque dame también el marca y así me olvido de política y a ver qué pasa con el kun Agüero…

Cerrarás a tu hora, tras hacer caja y constatar que has vendido cinco veces más que el lunes pasado y que ahora puedes llamar al proveedor y pagarle parte de lo que le debes, y cuando llegues le darás un beso a tu mujer y a tu hijo y le preguntarás si le han llamado de algún trabajo y le dirás que no se desanime, que siga echando currícula y que, si tu fueras él, quemarías ayuntamientos y saldrías a la calle a protestar…

Posteado por: Ángel G. Tuñón Gallego | 05/03/2011

“INOCENTEMENTE PRESO” (La historia de Gerardo Gayoso Martínez)

Tal es el título de un libro con el que tropecé recientemente. Sólo con leer su resúmen de contraportada quedé convencido para comprarlo. Lo leí y, no contento con eso, he tenido la oportunidad y suerte de conocer a su autor.

He de advertir sin embargo que no se trata de una novela sino de hechos reales, y que su autor no es un escritor sino un Abogado, GERARDO GAYOSO MARTÍNEZ, y que los hechos narrados en el libro son de los que hielan la sangre y desacreditan al sistema policial y judicial español en su totalidad.

Gerardo Gayoso presume en su libro de ser un Abogado criado en el seno de un entorno familiar estable y trabajador, ensamblado con fuertes lazos de amor y unidad.  De origen gallego, los albores de su profesión le cruzaron en su camino a LAUREANO OUBIÑA, famoso personaje de la España de los noventa, que protagonizó sonoros casos judiciales en materia de narcotráfico. Pues bien, Gerardo se convirtió en uno de sus Letrados, pues este hombre tenía numerosas causas con la Justicia si bien, en aquella época, no había todavía una sentencia condenatonria a Laureano por narcotráfico, siendo su condena primera por delitos contra la Hacienda Pública.

Sus procedimientos judiciales se convirtieron en materia de telediarios, a lo cual contribuyó la participación del Juez Baltasar Garzón (en el libro de Gerardo se comenta cómo este Juez “requisó” una caja de botellas del albariño que se elaboraba en el PAZO BAYÓN, propiedad de Oubiña), y resultaba inaguantable para la sociedad que no hubiera una sentencia condenatoria contra éste por narcotráfico, y que el mencionado PAZO BAYÓN siguiera en sus manos, resultando éste pazo ser un símbolo de ostentación inasumible para la sociedad y que, precisamente por ello, había que incautarlo y entregárselo a las víctimas de la droga. Tal fue la promesa del entonces Fiscal Antidroga, D. Javier Zaragoza.

Comoquiera que se produjo una operación policial que propició la incautación de 6000 kg. de hachís en Barcelona, y que no había pruebas que incriminasen a LAUREANO OUBIÑA en tal operación, pero lo cierto es que la misma tenía relación con Galicia, se empezó a vislumbrar para las “lumbreras” policiales un escenario perfecto para “meter” a Oubiña en el saco. Pero faltaba una pieza. Y esa pieza fue GERARDO GAYOSO. Así que, con 8 meses de diferencia con respecto al atestado inicial, que nada decía, hubo un segundo atestado, ampliatorio de aquel, en el que, “tatachán”, aparece implicado Gerardo. Ahora bien, había que identificarle e introducirle en las diligencias que se tramitaban en el Juzgado Central de Instrucción. Para ello, primero se le tendió una trampa para que acudiera a una comisaría de la policía nacional en Madrid con el pretexto de asistir a un cliente que no existía: el objetivo era que un policía le viera la cara para que ese mismo policía le identificara en una posterior rueda de reconocimiento y, después, corroborase tal identificación en el plenario. Lo malo es que funcionó.

De nada sirvió que Gerardo Gayoso y su defensa, encabezada por el Letrado Joaquín Ruiz-Giménez Aguilar presentasen una contundente batería de pruebas que acreditaban que Gerardo no estaba en Galicia el día en que afirmaban los policías haberle visto. Estaba en Madrid y comió en un restaurante, cuyo dueño, camareros y resto de comensales pasaron uno por uno delante de la Sección 4ª de la Audiencia Nacional afirmando con rotundidad que Gerardo Gayoso comió ese viernes en Madrid, por lo que era imposible que estuviera en La Coruña en el momento en que allí le situaba la Policía por boca de sus dos miembros.

Es más, habiendo sido condenado por la mencionada Sección de la Audiencia Nacional, los propios Abogados que acudieron a testificar a favor de Gerardo, remitieron escrito a la Fiscalía solicitando que, dado que su testimonio había sido tenido por no válido frente al de los policías, se abriesen diligencias por si ellos mismos, los Abogados, habían cometido un presunto delito de falso testimonio. Naturalmente la Fiscalía no hizo nada.

Recurrida la sentencia en casación, el Tribunal Supremo ratificó la condena de 4 años de prisión que le fue impuesta a Gerardo, y que ha cumplido en su totalidad. El Tribunal Constitucional despachó el Recurso de Amparo con un folio y medio (dicho recurso lo escribió un ex magistrado que desea permanecer en el anonimato y que, al conocer la historia de Gerardo, pasó de la incredulidad a la colaboración). Sólo quedaban las Instancias internacionales.

Así, el Comité Internacional de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha emitido un Dictámen que dice lo siguiente:

.- Gerardo Gayoso no tuvo una segunda instancia justa, en su Recurso de Casación ante el Supremo, que se negó a valorar las pruebas incriminatorias.

.- Por lo tanto, hay que revisar de nuevo la sentencia condenatoria.

.- Y además, el Estado Español deberá proveer de los medios legales necesarios para cambiar la configuración de la segunda instancia penal.

.- …concediéndole 180 días para que informe al Comité de las tareas que ha realizado…

…Que han sido NINGUNA.

Y LA BATALLA CONTINUA: porque, ante la inacción del Tribunal Supremo alegando que los dictámentes del Comité Internacional de Derechos Humanos de las Naciones Unidas no tienen carácter vinculante para los Tribunales españoles, pese a que España es un Estado que ha suscrito el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de la ONU, con lo que dicho Pacto forma parte del Ordenamiento Jurídico español, Gerardo Gayoso ha interpuesto un Recurso de Amparo ante el Tribunal Constitucional, que está en trámite, y cuyo fallo se espera con impaciencia por un doble motivo: primero, por el lógico deseo de obtener Justicia en España y que la causa de Gerardo encuentre, ahora sí, el amparo que hasta ahora se le ha negado sistemáticamente; y segundo, porque la materia tiene un indiscutible y novedoso interés constitucional: se trata de decidir si los Tribunales españoles quedan vinculados por los Dictámentes del Comité Internacional de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Esperamos noticias.

Mientras tanto, y volviendo al libro que ha escrito Gerardo contando su “peripecia”, reseñar el prólogo de su Letrado y amigo Joaquín Ruiz Giménez Aguilar (a quien también he tenido la oportunidad de conocer, junto con otros miembros de su equipo), en el que da cuenta del lema invisible que preside la puerta de entrada de la Audiencia Nacional (“ABANDONAD CUALQUIER CLASE DE ESPERANZA”); y destacar también la entereza con que Gerardo y su familia han aguantado este calvario, su estancia en prisión, difícil de por sí, y más sabiéndose inocentemente preso, la batalla diaria que ha dado, ya recluído, recurriendo sistemáticamente cualquier atropello (o sea, casi siempre) a que se veía sometido por la administración penitenciaria, etc.

Cabría pensar que en esta singladura, y dada su condición de Letrado, Gerardo Gayoso ha estado arropado por las instituciones colegiales, señaladamente el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y el Consejo General de la Abogacía. Según cuenta Gerardo en su libro y en persona, nada más lejos de la realidad. Del primero, ni han estado pese a que se le esperaba, y del segundo, se ha recibio una misiva que pretende ser de aliento y resulta ser de desaliento…

En fin, quiero finalizar este comentario para invitar a quien lo lea a reflexionar sobre lo siguiente: la verdadera naturaleza de la segunda instancia penal en España, la absolutamente inconstitucional existencia de la Audiencia Nacional (verdadero “Guantánamo judicial”), la presunción de veracidad que, en un juicio penal, tienen los testimonios de los miembros de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado y, en fin, la presencia todavía hoy, de dedos señaladores que, como apunten hacia uno, puede darse por…

Deseo a Gerardo Gayoso y su causa la mejor de las suertes.

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